Cruzas el umbral con cautela y la atmósfera cambia de inmediato. La suite huele a perfume caro —un toque
embriagador de sándalo y jazmín— y a algo más difícil de nombrar. Promesas rotas, quizás. O la densa estática de
alguien que lleva horas esperando en silencio, conteniendo la respiración.
El suelo está cubierto por una mullida moqueta granate. Las pesadas cortinas de terciopelo aíslan la habitación
por completo. La ciudad y su ruido no existen aquí dentro; solo flotan partículas de polvo bajo la luz mortecina
de una pequeña lámpara de escritorio.
La mujer está de pie junto a la ventana. De espaldas. La escasa luz de los edificios de enfrente recorta su
silueta perfecta: un vestido oscuro de alta costura, el pelo recogido con elegante severidad, la postura rígida
de quien carga con demasiados secretos.
No se gira cuando entras. Siente tu presencia. Lo sabe antes de que digas nada.
"Sabía que vendrías", dice con una voz melodiosa y firme. Una pausa. "Aunque no eres quien
esperaba."
Lentamente, se gira lo suficiente para extender su mano con guante de seda. En su palma enguantada, una llave
antigua. De latón pesado. Con un número grabado rudamente en el ojo.
La posas sobre la mesita. La luz de la lamparita la besa en diagonal.
Tiene el número 213 grabado profundamente en el ojo. El latón
está desgastado en los bordes —alguien la ha usado muchas veces.
"La persona que debía venir esta noche no lo hará", murmura ella, sin moverse de la ventana. "Y
alguien tiene que abrir esa puerta."
Señala al otro lado del pasillo sin mirar. Como si lo supiera de memoria.
"La 312."
Debajo de la llave, apenas visible, hay una nota doblada. La abres. Dice en letra apretada:
"El código de la caja fuerte no es el número de esta habitación. Es el reverso."
La llave muestra 213. ¿Cuál es su reverso?
Tras introducir el código, la caja empotrada emite un pitido corto y sordo. Los pesados bulones se deslizan y la
puerta de acero se abre con un chasquido suave, casi educado y exento de fricción.
Dentro, en el reducido cubículo de terciopelo gastado, hay dos únicas cosas. Solo dos.
Un sobre grueso de papel manila, cerrado herméticamente con un lacre rojo que lleva un sello irreconocible. Y,
junto a él, una fotografía antigua renegada de su propio contenido, colocada deliberadamente boca abajo. Es como
si alguien la hubiera girado deprisa para no tener que mirar los rostros del pasado que esconde.
La mujer se gira por completo, mostrándose a la luz por primera vez desde que entraste. Su maquillaje es
impecable, pero sus ojos oscuros tienen la textura velada de algo guardado durante demasiado tiempo en un lugar
carente de luz.
"Ojalá nunca te hubiera tocado recibir ese audio.", desliza, casi como un susurro arrastrado.
No parece que lo diga como una disculpa formal hacia tu persona. Lo dice como alguien que lleva años cargando
con un peso letal y que sabe exactamente lo que le ocurre a quienes miran dentro del sobre.
El sobre pesa más de lo que debería. Lo abres con cuidado. Dentro, una nota doblada en tres partes, escrita con
una caligrafía que fue elegante antes de que la mano empezara a temblar.
Lees:
"Lo que queda después de irse sin despedirse no tiene nombre propio. Tiene ocho letras. Empieza y termina igual."
En el margen inferior, alguien ha trazado los huecos a mano:
A _ _ _ N _ _ A
Ocho letras. La cuarta es N. Empieza y termina por A.
Le das la vuelta a la fotografía.
Muestra a dos personas caminando por un pasillo de hotel. De espaldas. No se ven sus caras —no es descuido, es
una elección. Las caras han sido recortadas con tijeras, deliberadamente.
Al margen, escritas a lápiz, tres fechas:
A — 14 de enero
B — 21 de marzo
C — 9 de diciembre
"Ponlas en orden", dice M. Alcázar sin que se lo pidas. "El orden importa. Siempre
importa."
Las tres fechas corresponden a tres registros de entrada al hotel. Siempre la misma habitación. La 312.
Selecciona las fechas en orden cronológico, de la primera a la última.
Saca una tarjeta de visita de su bolso. La coloca sobre la mesita de mármol con una precisión que indica que lo
ha hecho antes muchas veces.
La tarjeta no tiene teléfono. No tiene dirección. No tiene cargo. Solo:
M. Alcázar — Suite 312
Te mira de una manera que no deja espacio para la ambigüedad. Una pregunta. La última antes de que todo
cambie:
"¿Quién esperaba esta noche en la habitación 213?"
M. Alcázar asiente lentamente. Hay una resignación gélida en su postura.
"Ahora sabes demasiado para simplemente darte la vuelta e irte de aquí intacto."
Con movimientos milimétricos y precisos, de alguien que ha borrado su rastro infinidad de veces de escenas del
crimen o de pasiones fugaces, recoge la llave, el sobre pesado y la fotografía del pasado. Los desliza en su
bolso de diseñador y sale de la habitación por la puerta entreabierta sin volver la mirada ni una sola vez hacia
donde te encuentras.
El persistente aroma a sándalo que deja flotando en el aire es el único testimonio físico que confirma que ella
estuvo aquí, respirando en esta habitación, hace apenas un minuto.
Te asomas al pasillo. El largo corredor forrado de moqueta está perturbadoramente vacío; ella se ha desvanecido
en las entrañas del edificio como un fantasma. Pero la puerta de la habitación de enfrente —la 312— atrae tu
mirada instantáneamente. Una intensa luz cálida se filtra rítmicamente por la rendija inferior. Intermitente.
Parpadeante. Como si alguien en el interior enviase una señal de auxilio o estuviera trasteando frenéticamente
con una lámpara estropeada.
Un escalofrío te recorre la nuca al recordar sus últimas palabras antes de esfumarse: "La 312 tiene más
secretos letales de los que caben en una sola noche." Y añadió justo cruzando el umbral: "Pero
recuerda que hay una persona en este hotel que los conoce todos. Debes averiguarlo tú."
— CASO 003
—
La Suite 312
La puerta tiene luz. M. Alcázar sabe cosas que no debería saber.
Y tú ya no puedes fingir que este audio llegó por error.
Desbloquea el siguiente caso completando todos los puzzles.